La
reprochable cobardía del escritor infiel a su idioma materno atormentaba a
Débora durante el insomnio de la noche de verano sin luz en Buenos Aires. El
apagón la había estado torturando hacía apenas tres horas, tiempo más que
suficiente para desquiciarla considerando que su computadora portátil se había
quedado sin baterías hacía una hora y media. No sólo el calor era agobiante,
sino la terrible necesidad de volcar sus ideas en la palabra escrita, la opresión
de la oscuridad de la casa desierta, la picazón de los mosquitos que se colaban
a través de la ventana abierta (una clara necesidad) y la ansiedad de la
llegada del día para tener una razón de vivir: la noche sin las herramientas de
la civilización le habrían generado una necesidad extrema de saltar por el
balcón si hubiese tenido un humor apenas un poco más dramático. Pero por el
momento, Débora se entretenía especulando cómo abordar el dilema que la había
asaltado después de un buen rato de tanto pensar. Le causó gracia, por una
milésima de segundo, cuántos problemas, si así se pueden llamar, se pueden
descubrir durante la soledad de pensar; problemas que con la luz del sol, la
compañía de un amigo o algo rico para comer pueden parecer ínfimos, pero que si
uno se entusiasma en la auto conmiseración, pueden llegar a provocar deseos de
suicidio (esto es, después de un brote psicótico ocasionado de tanto hablar con
uno mismo, ¿pero quién podría resistirlo?).
Si
le era infiel a su idioma a la hora de escribir las pequeñas novelas que tanto
la entretenían y alejaban del mundo real, era porque el lenguaje representaba
una barrera contra sus sentimientos, por paradójico que sonara. Había llegado a
esta conclusión después de varios minutos de acariciar a su gatito callejero,
Rola, que no necesitaba decirle “te amo” para demostrar cuánto le gustaban sus
manos en su pancita hinchada, y sin embargo, ella no podía poner en palabras
algunos de sus sentimientos (quizás los más profundos, razón por la cual la
atemorizaba hacerlos reales a través de la palabra). También pensó que quizás
la magia de alejar al mundo real estaba dada en esa desconexión con su realidad
cotidiana que el otro idioma le brindaba al escribir. Quiso desarrollar una
teoría de por qué se negaba tanto a convivir con una única realidad, pero eso
ya era ahondarse demasiado en las aguas de la filosofía latente que poseen
todos los seres humanos, gracias a lo que le dicen racionalidad, y
probablemente desembocaría en ese deseo de suicidio que trae la auto
conmiseración en que había pensado anteriormente.
Esta
barrera del lenguaje, que no le permitía expresarse sin pudor, era ligeramente
desplazada cuando un idioma ajeno a su procedencia (y no a ella, que lo tenía
incorporado) lograba hacerla hablar desde otro lugar. ¿Pero por qué era tan
importante no hablar desde sí misma, desde su punto de vista, si se quiere? Era
ridículo pensarse sin autoridad para opinar sobre los distintos temas del
universo; eso no podía ser, si había tantos bobos dando vueltas y regalando sus
opiniones descalificadas a cualquiera que lo quisiera escuchar.
Pensando
en eso, se le ocurrió que era mucho más difícil juzgar a alguien que no sabe de
lo que está hablando, y que entonces, era posible que fuera el temor a la crítica
lo que le impedía emplear todos los recursos lingüísticos que tan bien había
incorporado desde que comenzó su crianza.