20.11.12

La reprochable cobardía del escritor infiel a su idioma


La reprochable cobardía del escritor infiel a su idioma materno atormentaba a Débora durante el insomnio de la noche de verano sin luz en Buenos Aires. El apagón la había estado torturando hacía apenas tres horas, tiempo más que suficiente para desquiciarla considerando que su computadora portátil se había quedado sin baterías hacía una hora y media. No sólo el calor era agobiante, sino la terrible necesidad de volcar sus ideas en la palabra escrita, la opresión de la oscuridad de la casa desierta, la picazón de los mosquitos que se colaban a través de la ventana abierta (una clara necesidad) y la ansiedad de la llegada del día para tener una razón de vivir: la noche sin las herramientas de la civilización le habrían generado una necesidad extrema de saltar por el balcón si hubiese tenido un humor apenas un poco más dramático. Pero por el momento, Débora se entretenía especulando cómo abordar el dilema que la había asaltado después de un buen rato de tanto pensar. Le causó gracia, por una milésima de segundo, cuántos problemas, si así se pueden llamar, se pueden descubrir durante la soledad de pensar; problemas que con la luz del sol, la compañía de un amigo o algo rico para comer pueden parecer ínfimos, pero que si uno se entusiasma en la auto conmiseración, pueden llegar a provocar deseos de suicidio (esto es, después de un brote psicótico ocasionado de tanto hablar con uno mismo, ¿pero quién podría resistirlo?).
Si le era infiel a su idioma a la hora de escribir las pequeñas novelas que tanto la entretenían y alejaban del mundo real, era porque el lenguaje representaba una barrera contra sus sentimientos, por paradójico que sonara. Había llegado a esta conclusión después de varios minutos de acariciar a su gatito callejero, Rola, que no necesitaba decirle “te amo” para demostrar cuánto le gustaban sus manos en su pancita hinchada, y sin embargo, ella no podía poner en palabras algunos de sus sentimientos (quizás los más profundos, razón por la cual la atemorizaba hacerlos reales a través de la palabra). También pensó que quizás la magia de alejar al mundo real estaba dada en esa desconexión con su realidad cotidiana que el otro idioma le brindaba al escribir. Quiso desarrollar una teoría de por qué se negaba tanto a convivir con una única realidad, pero eso ya era ahondarse demasiado en las aguas de la filosofía latente que poseen todos los seres humanos, gracias a lo que le dicen racionalidad, y probablemente desembocaría en ese deseo de suicidio que trae la auto conmiseración en que había pensado anteriormente.
Esta barrera del lenguaje, que no le permitía expresarse sin pudor, era ligeramente desplazada cuando un idioma ajeno a su procedencia (y no a ella, que lo tenía incorporado) lograba hacerla hablar desde otro lugar. ¿Pero por qué era tan importante no hablar desde sí misma, desde su punto de vista, si se quiere? Era ridículo pensarse sin autoridad para opinar sobre los distintos temas del universo; eso no podía ser, si había tantos bobos dando vueltas y regalando sus opiniones descalificadas a cualquiera que lo quisiera escuchar.
Pensando en eso, se le ocurrió que era mucho más difícil juzgar a alguien que no sabe de lo que está hablando, y que entonces, era posible que fuera el temor a la crítica lo que le impedía emplear todos los recursos lingüísticos que tan bien había incorporado desde que comenzó su crianza.

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