21.7.11

—¡De todos los fastidios del mundo tú eres el peor, Sam! —dijo.
—Oh, señor Frodo, ¡es usted duro conmigo!—dijo Sam temblando de pies a cabeza—. Es usted duro conmigo tratando de irse sin mí y todo lo demás. Si yo no hubiese adivinado la verdad, ¿dónde estaría usted ahora?
—A salvo y en camino.
—¡A salvo!—dijo Sam—. ¿Solo y sin mi ayuda? No hubiese podido soportarlo, sería mi muerte.
—Venir conmigo también puede ser tu muerte, Sam—dijo Frodo—, y entonces yo no hubiese podido soportalo.
—No es tan seguro como si me quedara—dijo Sam.
—Pero voy a Mordor.
—Lo sé de sobra, señor Frodo. Claro que sí. Y yo iré con usted.
—Por favor, Sam—dijo Frodo—, ¡no me pongas obstaculos! Los otros pueden volver en cualquier instante. Si me encuentran aquí, tendré que discutir y explicar, y ya nunca tendré el ánimo o la posibilidad de irme. Pero he de partir en seguida. No hay otro modo.
—Sí, ya lo sé—dijo Sam—. Pero no solo. Voy yo también, o ninguno de los dos. Antes desfondaré todas las barcas.
Frodo rió con ganas. Sentía en el corazón un calor y una alegría repentinos.

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